El valor de la humildad

Una tacita de café por favor…
22 junio, 2015
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El valor de la humildad

A veces se entiende erradamente la firmeza que debe tener un empresario como si esto significara imponerse ante el resto y nunca mostrar los propios errores. Uno de los primeros consejos que recibí de mi jefe en uno de mis primeros trabajos fue: “En esta empresa todos son tiburones que te quieren devorar; o te vuelves uno de ellos o te destrozan”.

El complejo de superioridad puede llevar a muchos líderes a caer en un cierto autoritarismo poniéndose por encima del otro y descalificando a las personas de su entorno. En contextos de agresividad o una competitividad mal entendida, la humildad se levanta como aire fresco que inunda de autenticidad las relaciones laborales.

El testimonio luminoso que está dando el papa Francisco evidencia el impacto que tiene la humildad para disponer adecuadamente el cambio desde lo profundo. Siendo quizá una de las personas más influyentes y ocupadas del mundo, sus gestos de sencillez y cercanía ante cada persona, sea cual fuere su origen o condición, son un ejemplo a seguir. En uno de sus discursos denunciaba algunos ídolos que bien podríamos aplicarlos al mundo empresarial: “La ambición, el carrerismo, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida”.

Un ejercicio que recomiendo a quienes ocupan puestos de responsabilidad es preguntar a las personas que tienen a su cargo qué aspectos de su gestión le recomendarían cambiar o mejorar, sin miedo a escuchar críticas ni censurar a quienes tienen una visión distinta a las suyas. Al promover un diálogo franco y abierto, el liderazgo se fortalece, pues se fundamenta en la verdad y en el respeto por la dignidad de la persona, más allá de nuestros cargos, defectos o limitaciones.

Cabe recalcar que la humildad no es ignorar las virtudes ni inventarse defectos. Todo lo contrario, la humildad es andar en verdad; es decir, reconocer los talentos que poseemos, pero siempre con la certeza de que dichos dones nos han sido dados gratuitamente por Dios para servir a los demás.

Autor: Carlos Muñoz G.

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